jueves, 16 de octubre de 2008

CANTO V


CANTO V

CABEZA DE GUERRERO

Mira tus ojos, príncipe, no nacido, enviado por el alma de la tierra en unión con el cielo, dispuesto a los misterios que la vida inaugura, que se cumplan tus años y tus trabajos te sean propicios, que tu sacerdocio en el templo encuentre lo profundo, lo que nadie ve…, que la calma del cazador deje tus ojos inmóviles, tu respirar sin hálito, tu rapidez de rayo, … que el pugilato endurezca tus huesos y mantenga los músculos apretados, …que tu ira sea sabia y certera, … que sea leve el faldellín cuando seas investido señor y soportes el peso enorme del cuero grueso de los bueyes a la luna sacrificados y curtida su piel en finas esencias sólo para ti destiladas; engastado por el fino bronce y el oro y la plata, inscrito con el nombre de los tuyos, cruelísimo señor que sin perdón vives y reinas, consolado del fulgor del combate por suaves aceites balsámicos…, del romero, el incienso, la salvia, la mirra, …que el dulce vino que adormece despierte en ti la paz del final, la suavidad de las sacerdotisas abandonadas al delirio de tu tacto indómito, … ¡ oh tú, copulador de vida sobre nuestros ojos sumisos ¡, martillador de gargantas mudas, … por ti el mundo debe pasar para que, a tu sombra, todos, como un sol refuljas, no en vano, no sin fuego, devastadora y terrible tu presencia, sentida por todos traspasada, … y en la batalla, tus enemigos.

Busca tu mirada, tus ojos reflejados, en bruñida lámina de la más fina plata, … perfila de negro carbón tus pestañas, y vivifica tus labios de la roja tierra lejana y tus pómulos de la sangre fresca de tus sacrificadas víctimas, que sólo a ti vierten pesadamente sus entrañas. Infunde a tu cuerpo el olor grande de la muerte y la podredumbre, que noten tu presencia mortífera, que tu brazalete de plata enroscado cual áspid busque la luz cegadora del terror de los tuyos y de todos, que tu figura bellamente modelada, aderezada de suaves sombras, cobijada del tiempo inclemente, de lejos por la piedra realizada no sepa distinguir su fantasma de tu real falange exterminadora, que parezca tu propia alma presente, que sin estar piensen que respiras cuando pasen junto al túmulo, que sientan sus entrañas estremecerse, e inmóviles y sumisos, graben con tus signos las pequeñas piedras que donen…, que quemen aceites raros y escancien vino y depositen sus ofrendas para contentar al dios que nace de ti en ellos, caro tributo al que ose pasar buscando la línea del mar, que no sientan salvar la vida sin que ante ti y tu sombra arrodillados, inmóviles, dejen pasar este sol sobre ellos, que aún sumidos frente a tu figura guarden para siempre tu fantasma mientras viva su memoria de ti…, que como heraldos anuncien tu nueva buena infinita.

CANTO IV


CANTO IV

Y fue así como, oído a Citreo, dueño de la vida del barro, yo Ridelcos, Dios de Ipolka, dominador de los bastetanos, rey de reyes y príncipe del sol, temeroso de la luna, conté en innumerables ocasos, mientras el sol buscaba el fin y el fulgor incediaba a veces el horizonte, entre los salmos del coro de sacerdotisas ciegas y en presencia del caro a la postre Gotelcos, la historia del linaje aquel sepultado allá en el próximo túmulo, que como el sol otea en todos los horizontes, aquel túmulo, blanco en una tierra negra, aquel por el cual cada noche se sacrificaba una víctima y luego consumidas sus entrañas en el fuego de la pira de los justos.

…¡ Oh tu, Gotelcos ¡ , sacerdote sumo que a mí negaste descender de aquellos, indagador del pasado, que por tu piedad temible el túmulo fue abierto, de noche, con sombras, corría la sangre de los novillos, sin brillo, y aquel duro hueso que anunciaste y en caja de madera llevaste hasta mí, postrado, quieto, que ante tu ira conocida insuflaste el veneno a sacerdotes y vírgenes, a guerreros y sabios contra mi carne, hasta conseguir que los pocos que me quedaron fieles fueran aniquilados ante mis ojos, que mis rayos consoladores te arrasen de la faz del cosmos que debe limpiar su éter de vestes como la tuya.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Canto III

CANTO III

Buscabas el fin del mundo, aquellas columnas inmensas que perdían el cielo, consagradas, el agua del mar azul y verde y gris y marrón y opal, sin perder de vista las costas con sus altares, siempre con el fuego de las ofrendas.
… Fui llamado, yo Citreo, hijo de Arestes, de la isla de Naxos, …fui honrado. Me encontraron sediento en la playa, sin la negra nave, sin mis compañeros, pasto de sirenas voluptuosas, tormenta del tiempo que los dioses no propicios azotan con la adversidad. Ni mis manos buscaron el sol, ni mi ánima la presencia más que de los hados del otro lado del río final en que se olvida todo y uno retorna vencedor del gripho y busca esa séptima cortina y asciende sin esfuerzo al último cielo, junto a los padres del mundo, contemplado, muy amado de ellos, mirando sin envidia abajo el mundo sin reservas, aquellos que, aún en él, conservan terribles la sangre de sus venas.
Hube encontrado el camino y llegado pronto a ciudades, a lugares que no eran el final del viaje, y la sierpe me agarró pronto y dormí en el sueño de los justos y llegando a la morada de los príncipes, salvado del veneno, contemplé las ciudades aquellas separadas por el sagrado lago, Alba y Alcor, grandes planicies que con el viento agitan un mar irreal, el lino suave que engaña la vista, aquel barro desconocido que al fuego de negro torna en blanco del marfil más puro y bruñido,… y mis dedos y mis brazos y mi alma buscaron la verdad de las cosas: el torno que gira y sacude la vida de las vasijas, el leve barro que endurece con el vapor del sol y hace nacer las figuras, los animales, los guerreros que luchan sobre sus superficies inmaculadas, que tornan presencias reales, ¡ Oh Ulises magnífico ¡ que mis padres retrataron en mil pebeteros y cráteras que a los confines del mundo llegaron caramente decorados de los mágicos óxidos, y el rojo de la arcilla aquella y el blanco de plomo.

Hoy, tardíamente encuentro aquel destino que todo viajero teme, ese definitivo puerto en el que las barcas mecen el sueño terrible de la noche. Pero aquí al fin encuentro la ciudad mítica, aquella que, a penas a las puertas del fin del mundo, guarda los secretos del poder y aquí soy presentado a Ridelcos, temido entre todos, príncipe Túrdulo de finas facciones de mujer, labios de carne insuflados, ojos de espiga almendrados, suave barbilla partida y tranzadas greñas ordenadas que en la batalla sobresalen del casco y se confunden con la esfinge alada de la cimera, dándole vida, rotando en terrible faz su gesto de indómito, sus cuernos de marfil en fiero toro de muerte. O el descanso y la potestad de su figura hierática cuando contempla desde su trono la ciudad partida, y son sus dientes y su lengua y su falcata y su escudo y sus grebas de fino bronce las que refulgen al divino sol.

… ¡ Oh dios de los hombres de esta tierra ¡ , gran señor cruelísimo, sin piedad entre los tuyos, cortador de cabezas, permíteme que tu veste sea recordada para siempre, que por mis manos fluya tu aliento, que del barro que domino surjan las figuras que al templo griego sombra hagan.
…¡ Oh tu, Ridelcos, rey de reyes, ordena a los canteros y escultores, sabedores del secreto de las rocas, que busquen ese raro mármol blanco que no pesa, que encuentren el secreto de los bloque inmaculados, que cincelen y lijen, que pinten de la sangre de la tierra y del verde del bronce viejo, aquella estirpe, temor de todos, para que de su presencia, junto al túmulo sagrado de tus abuelos, hagan no frágil por siempre la memoria de pétrea superficie incólume, que nadie que pase pueda ya dormir tranquilo, ¡ Oh tú que todo lo ves y lo haces ¡ , invoca a los dioses propicios y obliga al destino a cumplirse.

CANTO II

Canto la voz de la piedra que descansa dormida, en la cantera y guarda el silbido de la música del cincel, del árbol que deja sus ramas desnudas y da el alma al fuego, del barro blando por el agua, que suave por las manos y los dedos, apretado, se torna en vida… Oh seres irreales de mi sueño, eternos antepasados, tierra por vosotros convertida en cuna de príncipes cruelísimos, bellos, melenudos, dominadores de razas, sacrificios os hacen las divinidades de la tierra donde la sangre corre y se mezcla con el aire y queda quieta sobre los cuencos de las sacerdotisas que luego los heraldos a los vientos comunican…

Yo, que la cara luz me niega la aurora en su alba infinita, presiento el frío de las encinas, a la sombra contemplo fieras escenas del pasado, pastor escondido de peñas olvidado, grandes moles que se desprenden del acantilado y que de improviso tornan el terror del cataclismo en paz absoluta.
Dime luna, dime sol, ¡ Oh Elios que todo lo transportas ¡ . Sol que desapareces en tu carro coronado y todos los oráculos dicen que de tu vuelta incierta suspiran las vírgenes que te ofrecemos, … sacrificios de la oveja nacida en la luna llena.
… ¡ Oh, tú, mundo ¡, que sin amanecer, en mí prosigues tu fulgor sobre todo lo que contemplas. ¡ Oh rayo divino del grano y la vida ¡, que tu luna haga descansar la luz amarilla que por la psique amamanta malvados conjuros, presencias antiguas.
… ¡ Oh tú, Gotelcos ¡ , maldito seas que osaste destruir mi estirpe para hacer brotar la tuya (como el pájaro ladrón que deposita sus huevos en el nido ajeno y ve crecer su prole monstruosa), más no mi memoria, estirpe eterna, escondida en la entrañas de la tierra, para ser despertada para el infinito, ser mirada, admirada, no por mis ojos, ni los de tus sierpes, no por mis manos, que surcaron sus tibias superficies leves cual la piel del recién nacido, finamente pulidas por el escultor, cálidas cual la lengua del toro…, las entrañas de los sacrificios.
… ¡ Oh sí ¡, algún día serán para siempre abiertas sus luces, contemplada, recordada su verdad sin palabras.
… ¡ Oh esculturas de mis antepasados¡, suavemente modeladas en el barro negro de Ipolca, que pasadas a la piedra blanca como el mármol lejano tornaba en vida aquella veste triunfadora y sanguinaria de mis padres y abuelos, dominadores sin piedad, nietos de aquellos seres mortíferos con la honda; del cobre, del bronce primeros, hacedores de murallas sólidas como montañas, señores de señores, trituradores de cráneos, feroces entre feroces que, al suave canto del viento agitado por los metales, imponían el compás de los tambores, de las picas que al viento hieren y al fuego ablandan, porque la vida que por ellos transcurrió, en desgracia brilla ahora.
Y yo que fui Príncipe a la muerte de mi padre, puse límite al olvido de los muertos, retornando a su esplendor el túmulo blanco bañado por la miel del muro sagrado de grandes piedras recompuesto, que por el sol, hería las miradas con el brillo del oro y la plata incrustados, … ¡ Oh suave montaña sagrada ¡ que como gavilán planea y se avista desde todos los lugares, para siempre presente en memoria, maravilla de caminantes, que buscan el mar cargados del plomo y el oro, y la cara plata, del cereal que cruje en los serones…


CANTO I

Que todo el exterminio de tu simiente te aplaste a ti, sacerdote, que indagaste buscando la tierra de mis antepasados, profanador de huesos que al sol relumbran aún sobre la pira que no conocieron.
…. Oh yo, Ridelcos, de la saga principesca de los Túrdulos, hijo de Egotugi, cruelisimo con sus enemigos. Condeno tu sagrada llama en la cual te consumes para siempre, a no sentir la paz del león que sobre tu tumba guarde tu desdicha, que mantiene mi fiero deseo que sobre ti y los tuyos ha caído, …. Yo, pastor ciego de peñas olvidado de las divinidades celestes.
Yo, que fui príncipe amado de la tierra suave, ondulada y rica de Ipolca. De mis labios al plomo insuflo la vida que no existe, canto al dolor, al recuerdo que no me pertenece, que es vuestro, que no me ha sido recompensado con creces de mi vejez, sino agravio de las manos que tiemblan buscando tinieblas, … esa blanca tierra sagrada del túmulo profanado por ti - ¡ Oh Gotelcos ¡ - de mis antepasados, o la suave lana de las ovejas, … y sin embargo encuentro el frío contrapelo de la cabra y el escozor de la zarza y no la miel del vino escanciado, … vinagre mis labios, saliva del mar salado en que este río tornó su cauce.


cARTA DE mARCO pORCIO A cAYO tULIO


CARTA DE MARCO PORCIO MINUCIO A CAYO TULIO
SIENDO CONSULES C. VIBIUS Y A. HIRTIUS.
43 B. C. AUC 711


Marco a su Cayo: ¡ Salud ¡

Yo, Marco, hijo de Marco Porcio Minucia, de la tribu Galeria, por esta ciudad de Obulco magistrado, togado, como mi padre, queridísimo de aquel, Cayo Julio César, ¡ Oh temibles Idus de Mayo ¡ que en mi casa hubo dormido, fuera de su tienda de Cónsul, aquella noche solemne, en que al día venidero las legiones borraron para siempre la sombra de Pompeyo, ¡ Oh cruel batalla de Munda ¡ … por donde los siglos pasarán indemnes sin contemplarte, Obulco Urb Victrix Nobilis, sus ojos, cómo brillaron reflejando las hogueras, aquella lucerna por el atrio entre las gruesas columnas dóricas, buscando el viento de la Obulco dormida, a través del valle, frente a los montes Alba y Alcor, desde los que el brillo fatuo de los preparativos de la guerra, el olor al aceite, al vino sagrado de las libaciones; las entrañas calientes de las víctimas sobre la piedra de las ofrendas, aquel remanso de paz en movimiento, ¡ Oh cuerpos retorcidos y tensos ¡, frente a la oscuridad, ¡ Oh Silvano ¡ que nos das el grano que guardamos profundo, por tu mano comen las legiones que abastecemos, mueves los pequeños molinos de mano que los soldados hambrientos ante la muerte inminente convierten en hacina, fieros en la batalla, pero niños asustados aquella obscura, eterna noche, ¡ Oh Venus que no estás a veces, sobre nuestras cabezas…, qué vencidos nos dejas ya antes de la batalla…

Yo, Marco, Ciudadano de Roma, por la gracia del César, ¡ Oh Justo Dictador Vitalicio, Cónsul, Pontífice Máximo ¡, investido de los poderes de Los Tribunos, Imperator. Claman por ti las aún frescas treinta y cinco puñaladas en el Senado, horrible Bruto, hijo estéril…, envío a ti, Cayo Tulio Cesariano, la transcripción de unos plomos que de las profundas fauces de la cisterna sacó mi liberto Urcail. En ellos con dificultad y de manera fragmentaria he hallado la narración, en propia y varias voces, de la historia del príncipe ibero Ridelcos. He buscado descendientes de aquel gran príncipe, noticias de un conjunto de piedras talladas, destruidas por la insidia del sacerdote Gotelcos. Más sólo hube encontrado silencio y miradas sin respuestas, y miedo. Sabedores estos turduli de Ipolca, que callan con resentimiento, el lugar exacto donde fueron enterradas, para que aquel acto infame se guarde en secreto, damnatio memoriae, de los hechos pasados.
Por esto esta trascripción te la mando ¡ Oh amigo del alma Cayo Tulio ¡ a Roma, para salvar lejanamente aquella memoria de la estulticia de quienes, sabedores del secreto terrible para ellos y su descendencia, han arrancado de mis manos estos plomos, con violentas increpaciones, mandados por el sagacísimo y cruel Plubius Cornelius, Magistrado Electo, y fundidos en lingotes para pesas de telar.

Gracias a mi premura en pasarlos al rollo y la ayuda de mi querido Urcail, con la rapidez oscura de las noches en que el enemigo de la sensatez no se atreve a atacar, optamos por mandarte esta historia bella y terrible, y así aliviar la temida duda que sobre nuestras cabezas ha recaído, al poseer durante varias semanas estos venenosos plomos.
¡ Que estés bien ¡

INDICE Y SINOPSIS DE LA OBRA


DE RERUM OBULCO


Indice de la obra:

- SINOPSIS
- PREFACIO.
- CARTA DE MARCO PORCIO MINUCIO A CAYO TULIO
- CANTO I-XXI.
- CARTA DE CAYO TULIO A MARCO PORCIO MINUCIO.


SINOPSIS

El ciudadano romano de Obulco, Marco Porcio Minucio, manda a su amigo Cayo Tulio, a Roma, la transcripción de unos plomos incisos en lenguaje ibero, encontrados fortuitamente, y destruidos después por el Magistrado Electo Plubius Cornelius.

Los plomos cantan la historia del Príncipe Ibero Ridelcos, destronado por el Sumo Sacerdote Gotelcos, que le niega ser de la estirpe principesca sepultada en el túmulo de Cerrillo Blanco, y cuenta la pérdida de la Ciudad-Estado de Ipolca y de la memoria de sus antepasados, mandada labrar por él en piedra y destruida con saña pero providencialmente enterrada después por los sacerdotes del túmulo, con la idea de hacerla vivir en el futuro.

Cada grupo escultórico es descrito y glosado por una voz que da significado a cada escena, susurrando ante ella las palabras que lo hicieron ser. De esta manera estaríamos ante esa frontera indescifrable, ese no saber si fueron primero las palabras susurradas al escultor, o son los grupos tallados los que las hacer nacer toda vez que las contemplamos.

lunes, 6 de octubre de 2008

Presentación del libro. Alfredo González Callado






PROLOGO.


Mucho antes que los libros; incluso mucho antes que las palabras, hasta es posible que mucho antes que la vida, las piedras han sido portadoras de noticias: sublimes magistrados de los acontecimientos, naturales o humanos. E incluso, cuando ya no seamos nada, cuando todo se nos lleve de estas tierras, cuando las esperanzas evaporen sus últimos sudores, cuando a penas respirar súbito desadentre la nada, las piedras milagreras seguirán aquí, orgullosas, bellas, arquitectónicas: alas sin vuelo que pueden volar para seguir hablando de la historia que dejamos, como cinceladores divinos o mágicos o poéticos, en los lomos maternales, sabios y salvadores de las milenarias piedras que nos escucharon con el más atento de los sentidos.

Las piedras siempre han sido objeto de culto, para salvarlas o para destruirlas. Las piedras siempre han sido amigas o enemigas, según fueran dadas sus circunstancias históricas. Hay pueblos que perdieron la vida por sus piedras, y pueblos que se salvaron por otras piedras idénticas. En el fondo, los humanos siempre hemos sido un mucho del “hombre de piedra” con un poquito de razonamientos, sublimes o macabros.

A la sombra de esta majestuosa realidad de la Pirámide de Quéops, tan lejana de la ibera llamada porcunense, las piedras de aquí y de allá se hermanan y sienten con la misma verdad, la misma autoridad y la misma historia: cada cual en sus bellezas, en sus signos y en sus razas.

La piedra es la primaria religión, la primaria historia, la primaria huella dactilar de los que hicieron posible este don de vida al que nos aferramos con fuerza de piedra, razón de palabra y levedad de ala.

No hay historiadores más verdaderos, más historiados que los solemnes instrumentos con que, arquitectos sin arquitectura, ingenieros sin ingeniería, escultores sin diploma, pintores que miles de años antes ya anunciaban la maravilla del impresionismo y a Van Gogh con su arcoíris inmundo y sublime y a Picasso con su rotunda negación del aspecto, y poetas sin más pluma que un cincel de redondeadas rimas, ordenaron en ese ayer de incógnitas superioridades el transcurrir poderoso y ágil de todas las civilizaciones, conocidas o etéreas. Porque las piedras hablan con rumor de manos, realidad de pisadas y vuelo o soñar de poeta.

Luis Emilio Vallejo, que es ibero y poeta del desgarro –cada verso suyo es un grito aunque súplica parezca, se va en la nostalgia, que es como perder la cabeza, perder el rumbo o perder la vida, y se adentra, cazados de liebres, miles de años atrás, sin más tierra que la que se busca ni más hechos que los que se reclaman, para hacer recordar a las iberas piedras sus lenguajes olvidados, mas, Luis Emilio se nos va como maestro de canto que hace bailar a las palabras un minué de salón renacentista, antes de adentrarse en historia de caminos, guerras crueles y necesarias, sacrificios inmundos y salvadores y silencios, porque siempre habrá silencios, en el arte, en la historia y en la vida.

Cada cual añora la tierra en que le tocó nacer, y a Luis Emilio como a mí nos gusta renacer en las piedras de nuestra tierra: esas cosas primarias y atemporales por las que los ojos contemplativos y maravillados indagan el qué, el por qué y el cómo de la vida. Esas preguntas inexplicadas y, por suerte, inexplicables.

No es fácil resucitar a una diosa que sólo nos dejó su rostro o sus hechuras sin que se nos pierda el sentido de la realidad. Luis Emilio se adentra, salvador o salvado, en las iberas piedras majestuosas que fundaron Porcuna con clamor de hijo que indaga la verdad del pasado para contárnosla a los que a penas sabemos contar pequeños recuerdos, anécdotas de calle y acera o rumor de voz o de canto que se nos quedó grabada.

No es fácil resucitar a un guerrero, que, más que luchar posa-aguerrido y fotogénico, marcial y bello, para un retrato de César Cruz o una pincelada de José María Recuerda. Luis Emilio hace bella la guerra, que fuera un arte y ahora es muerte, y hace necesarios los sacrificios del guerrero.

No es fácil resucitar lo que las piedras sólo saben, o pueden o deben hablar a los oídos atentos de los privilegiados escuchadores. Luis Emilio, que es Cuasimodo poético, sin joroba ni deficientes apariencias que mora, fantasma de hermosas palabras, encerrado en las paredes del Torreón y que oye y escucha, con sol o luna, con viento o agua, esas cosas que hablan, cuando el silencio es alma, lo que dicen de sí las esculpidas piedras: las palabras sin dueño, los hechos sin castigos.

No hay mejor oidor que el que ya va predispuesto a escuchar las palabras que necesita para componer o recomponer la historia, instaurar el milenario verso y desgarrar el silencio de las sombras para hacer posible el reencuentro con lo que nos dejaron nuestros nobles guerreros y poéticos y trabajadores legendarios antepasados: esas míticas y místicas siluetas noblemente trabajadas, prodigiosamente diseñadas, esmeradamente verdaderas que nos sitúan en la situación del que sabe en qué huellas posa sus pies y su presencia.
Y Luis Emilio escucha y anota, y con la calma, poetiza –que también es su oficio- las maravillas que hablan las piedras, cuando se las ama.

Si no hay más verdades que las que se muestran a los ojos. Si es sólo lo tangible el verdadero edén impronunciable, las esculturas del ibero Porcuna son las adorables páginas que nos alumbraron hasta hoy.

Voy de escultura en escultura con las bellísimas y sentidas palabras de Luis Emilio poeta, recorriendo esos rostros con alma de antepasado y sintiendo ese versar de poeta atrevido como Homero, veraz como evangelio, que me designa las cosas que mis ojos principiantes o negados no adivinan sino con rítmicas vaguedades.

Toro Ibérico con líneas de espumas, rendido en rodillas para el circo o para el sacrificio, o en rociero buey que rinde su cabeza.
El Guerrero posando, antes de la batalla o después de la victoria, pues no es guerrero vencido quien así posa su orgullo.
El Gran Sacerdote ofreciente en auroras y sangres de matanza, en pose privilegiada y elegante.
La verdad cruel y gozosa del Muchacho Masturbándose –posiblemente una de las esculturas más bellas jamás hecha, porque nos habla de otra verdad: esa verdad que no cuentan los historiadores, ni los poetas, milenarios cantores de barcas y mares: la simple verdad de las cosas sencillas, esas, a las que nadie le presta atención.
La Grifomaquia con su no sé qué de magia y realidades obscenas, o fantasías deslumbradoras.
Un guerrero con caballo y enemigo abatido, sin más crueldad que la justa para seguir tirando.
Sacerdotisa con Serpiente, tan ya, jugando con animal noble de tan nefastas paradojas y tan simples averías.
Una escena de campo trasladable a cualquier tiempo. El Cazador con sus liebres y su perro de agua y su canto de lar y puchero. Qué hermosa verdad la de las cosas naturales.
Los pugilistas, en guerra o en torneo. Más en torneo que en guerra. Luchando quizá por el amor de una hembra; si en guerra, por el honor de una tierra, un arroyo y un puente.
Novillo Toro, con Mansura de buey.
Grifo con mito y poesía.

Luis Emilio nos lo trae a todos con atrevimiento de arqueólogo y con palabras que saben versar la verdad que le dicen las piedras.

Celebremos estos Cantos por lo que se merecen. Celebremos estos Cantos porque se merecen ser cantados, sentidos y tenidos.
Luis Emilio borda el sentimiento poético-desgarrador aunque dulce parezca, en cada escultura que interroga. Las palabras que utiliza el poeta son palabras antiguas, pronunciadas con antiguas pronunciaciones antiguos símbolos, y antiguas escuchas.

La poesía que Luis Emilio pone en estos Cantos ya era palabra que los que le hemos leído bastante, sabíamos que tenía y brota la palabra en estos XXI poemas con esa cosa bella y cruel, entre Homero y Rimbaud, entre Neruda y Villon o Baudelaire, que nos permite, a los que gustamos y gozamos de leer poesía, seguir gozando y gustando con poemas como estos, hechos desde la belleza y la historia, desde la crueldad y el sacrificio, desde la vida a la muerte: desde la vida a la vida.

Cierro el prólogo y cierro el canto, pero sabiendo que existen XXI Cantos hablando de nosotros, de los que nacimos entre Alcores y Salados y Olivos de inmaculados aceites sacerdotales.


Gizeh (El Cairo), a la sombra inmunda y sublime de la Pirámide de Keops, sin más horizonte que arenas de oro, a 13 de Noviembre de 2007.


Alfredo González Callado.