miércoles, 15 de octubre de 2008


CANTO I

Que todo el exterminio de tu simiente te aplaste a ti, sacerdote, que indagaste buscando la tierra de mis antepasados, profanador de huesos que al sol relumbran aún sobre la pira que no conocieron.
…. Oh yo, Ridelcos, de la saga principesca de los Túrdulos, hijo de Egotugi, cruelisimo con sus enemigos. Condeno tu sagrada llama en la cual te consumes para siempre, a no sentir la paz del león que sobre tu tumba guarde tu desdicha, que mantiene mi fiero deseo que sobre ti y los tuyos ha caído, …. Yo, pastor ciego de peñas olvidado de las divinidades celestes.
Yo, que fui príncipe amado de la tierra suave, ondulada y rica de Ipolca. De mis labios al plomo insuflo la vida que no existe, canto al dolor, al recuerdo que no me pertenece, que es vuestro, que no me ha sido recompensado con creces de mi vejez, sino agravio de las manos que tiemblan buscando tinieblas, … esa blanca tierra sagrada del túmulo profanado por ti - ¡ Oh Gotelcos ¡ - de mis antepasados, o la suave lana de las ovejas, … y sin embargo encuentro el frío contrapelo de la cabra y el escozor de la zarza y no la miel del vino escanciado, … vinagre mis labios, saliva del mar salado en que este río tornó su cauce.


No hay comentarios: