CANTO II
Canto la voz de la piedra que descansa dormida, en la cantera y guarda el silbido de la música del cincel, del árbol que deja sus ramas desnudas y da el alma al fuego, del barro blando por el agua, que suave por las manos y los dedos, apretado, se torna en vida… Oh seres irreales de mi sueño, eternos antepasados, tierra por vosotros convertida en cuna de príncipes cruelísimos, bellos, melenudos, dominadores de razas, sacrificios os hacen las divinidades de la tierra donde la sangre corre y se mezcla con el aire y queda quieta sobre los cuencos de las sacerdotisas que luego los heraldos a los vientos comunican…
Yo, que la cara luz me niega la aurora en su alba infinita, presiento el frío de las encinas, a la sombra contemplo fieras escenas del pasado, pastor escondido de peñas olvidado, grandes moles que se desprenden del acantilado y que de improviso tornan el terror del cataclismo en paz absoluta.
Dime luna, dime sol, ¡ Oh Elios que todo lo transportas ¡ . Sol que desapareces en tu carro coronado y todos los oráculos dicen que de tu vuelta incierta suspiran las vírgenes que te ofrecemos, … sacrificios de la oveja nacida en la luna llena.
… ¡ Oh, tú, mundo ¡, que sin amanecer, en mí prosigues tu fulgor sobre todo lo que contemplas. ¡ Oh rayo divino del grano y la vida ¡, que tu luna haga descansar la luz amarilla que por la psique amamanta malvados conjuros, presencias antiguas.
… ¡ Oh tú, Gotelcos ¡ , maldito seas que osaste destruir mi estirpe para hacer brotar la tuya (como el pájaro ladrón que deposita sus huevos en el nido ajeno y ve crecer su prole monstruosa), más no mi memoria, estirpe eterna, escondida en la entrañas de la tierra, para ser despertada para el infinito, ser mirada, admirada, no por mis ojos, ni los de tus sierpes, no por mis manos, que surcaron sus tibias superficies leves cual la piel del recién nacido, finamente pulidas por el escultor, cálidas cual la lengua del toro…, las entrañas de los sacrificios.
… ¡ Oh sí ¡, algún día serán para siempre abiertas sus luces, contemplada, recordada su verdad sin palabras.
… ¡ Oh esculturas de mis antepasados¡, suavemente modeladas en el barro negro de Ipolca, que pasadas a la piedra blanca como el mármol lejano tornaba en vida aquella veste triunfadora y sanguinaria de mis padres y abuelos, dominadores sin piedad, nietos de aquellos seres mortíferos con la honda; del cobre, del bronce primeros, hacedores de murallas sólidas como montañas, señores de señores, trituradores de cráneos, feroces entre feroces que, al suave canto del viento agitado por los metales, imponían el compás de los tambores, de las picas que al viento hieren y al fuego ablandan, porque la vida que por ellos transcurrió, en desgracia brilla ahora.
Y yo que fui Príncipe a la muerte de mi padre, puse límite al olvido de los muertos, retornando a su esplendor el túmulo blanco bañado por la miel del muro sagrado de grandes piedras recompuesto, que por el sol, hería las miradas con el brillo del oro y la plata incrustados, … ¡ Oh suave montaña sagrada ¡ que como gavilán planea y se avista desde todos los lugares, para siempre presente en memoria, maravilla de caminantes, que buscan el mar cargados del plomo y el oro, y la cara plata, del cereal que cruje en los serones…
Canto la voz de la piedra que descansa dormida, en la cantera y guarda el silbido de la música del cincel, del árbol que deja sus ramas desnudas y da el alma al fuego, del barro blando por el agua, que suave por las manos y los dedos, apretado, se torna en vida… Oh seres irreales de mi sueño, eternos antepasados, tierra por vosotros convertida en cuna de príncipes cruelísimos, bellos, melenudos, dominadores de razas, sacrificios os hacen las divinidades de la tierra donde la sangre corre y se mezcla con el aire y queda quieta sobre los cuencos de las sacerdotisas que luego los heraldos a los vientos comunican…
Yo, que la cara luz me niega la aurora en su alba infinita, presiento el frío de las encinas, a la sombra contemplo fieras escenas del pasado, pastor escondido de peñas olvidado, grandes moles que se desprenden del acantilado y que de improviso tornan el terror del cataclismo en paz absoluta.
Dime luna, dime sol, ¡ Oh Elios que todo lo transportas ¡ . Sol que desapareces en tu carro coronado y todos los oráculos dicen que de tu vuelta incierta suspiran las vírgenes que te ofrecemos, … sacrificios de la oveja nacida en la luna llena.
… ¡ Oh, tú, mundo ¡, que sin amanecer, en mí prosigues tu fulgor sobre todo lo que contemplas. ¡ Oh rayo divino del grano y la vida ¡, que tu luna haga descansar la luz amarilla que por la psique amamanta malvados conjuros, presencias antiguas.
… ¡ Oh tú, Gotelcos ¡ , maldito seas que osaste destruir mi estirpe para hacer brotar la tuya (como el pájaro ladrón que deposita sus huevos en el nido ajeno y ve crecer su prole monstruosa), más no mi memoria, estirpe eterna, escondida en la entrañas de la tierra, para ser despertada para el infinito, ser mirada, admirada, no por mis ojos, ni los de tus sierpes, no por mis manos, que surcaron sus tibias superficies leves cual la piel del recién nacido, finamente pulidas por el escultor, cálidas cual la lengua del toro…, las entrañas de los sacrificios.
… ¡ Oh sí ¡, algún día serán para siempre abiertas sus luces, contemplada, recordada su verdad sin palabras.
… ¡ Oh esculturas de mis antepasados¡, suavemente modeladas en el barro negro de Ipolca, que pasadas a la piedra blanca como el mármol lejano tornaba en vida aquella veste triunfadora y sanguinaria de mis padres y abuelos, dominadores sin piedad, nietos de aquellos seres mortíferos con la honda; del cobre, del bronce primeros, hacedores de murallas sólidas como montañas, señores de señores, trituradores de cráneos, feroces entre feroces que, al suave canto del viento agitado por los metales, imponían el compás de los tambores, de las picas que al viento hieren y al fuego ablandan, porque la vida que por ellos transcurrió, en desgracia brilla ahora.
Y yo que fui Príncipe a la muerte de mi padre, puse límite al olvido de los muertos, retornando a su esplendor el túmulo blanco bañado por la miel del muro sagrado de grandes piedras recompuesto, que por el sol, hería las miradas con el brillo del oro y la plata incrustados, … ¡ Oh suave montaña sagrada ¡ que como gavilán planea y se avista desde todos los lugares, para siempre presente en memoria, maravilla de caminantes, que buscan el mar cargados del plomo y el oro, y la cara plata, del cereal que cruje en los serones…
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