CANTO III
Buscabas el fin del mundo, aquellas columnas inmensas que perdían el cielo, consagradas, el agua del mar azul y verde y gris y marrón y opal, sin perder de vista las costas con sus altares, siempre con el fuego de las ofrendas.
… Fui llamado, yo Citreo, hijo de Arestes, de la isla de Naxos, …fui honrado. Me encontraron sediento en la playa, sin la negra nave, sin mis compañeros, pasto de sirenas voluptuosas, tormenta del tiempo que los dioses no propicios azotan con la adversidad. Ni mis manos buscaron el sol, ni mi ánima la presencia más que de los hados del otro lado del río final en que se olvida todo y uno retorna vencedor del gripho y busca esa séptima cortina y asciende sin esfuerzo al último cielo, junto a los padres del mundo, contemplado, muy amado de ellos, mirando sin envidia abajo el mundo sin reservas, aquellos que, aún en él, conservan terribles la sangre de sus venas.
Hube encontrado el camino y llegado pronto a ciudades, a lugares que no eran el final del viaje, y la sierpe me agarró pronto y dormí en el sueño de los justos y llegando a la morada de los príncipes, salvado del veneno, contemplé las ciudades aquellas separadas por el sagrado lago, Alba y Alcor, grandes planicies que con el viento agitan un mar irreal, el lino suave que engaña la vista, aquel barro desconocido que al fuego de negro torna en blanco del marfil más puro y bruñido,… y mis dedos y mis brazos y mi alma buscaron la verdad de las cosas: el torno que gira y sacude la vida de las vasijas, el leve barro que endurece con el vapor del sol y hace nacer las figuras, los animales, los guerreros que luchan sobre sus superficies inmaculadas, que tornan presencias reales, ¡ Oh Ulises magnífico ¡ que mis padres retrataron en mil pebeteros y cráteras que a los confines del mundo llegaron caramente decorados de los mágicos óxidos, y el rojo de la arcilla aquella y el blanco de plomo.
Hoy, tardíamente encuentro aquel destino que todo viajero teme, ese definitivo puerto en el que las barcas mecen el sueño terrible de la noche. Pero aquí al fin encuentro la ciudad mítica, aquella que, a penas a las puertas del fin del mundo, guarda los secretos del poder y aquí soy presentado a Ridelcos, temido entre todos, príncipe Túrdulo de finas facciones de mujer, labios de carne insuflados, ojos de espiga almendrados, suave barbilla partida y tranzadas greñas ordenadas que en la batalla sobresalen del casco y se confunden con la esfinge alada de la cimera, dándole vida, rotando en terrible faz su gesto de indómito, sus cuernos de marfil en fiero toro de muerte. O el descanso y la potestad de su figura hierática cuando contempla desde su trono la ciudad partida, y son sus dientes y su lengua y su falcata y su escudo y sus grebas de fino bronce las que refulgen al divino sol.
… ¡ Oh dios de los hombres de esta tierra ¡ , gran señor cruelísimo, sin piedad entre los tuyos, cortador de cabezas, permíteme que tu veste sea recordada para siempre, que por mis manos fluya tu aliento, que del barro que domino surjan las figuras que al templo griego sombra hagan.
…¡ Oh tu, Ridelcos, rey de reyes, ordena a los canteros y escultores, sabedores del secreto de las rocas, que busquen ese raro mármol blanco que no pesa, que encuentren el secreto de los bloque inmaculados, que cincelen y lijen, que pinten de la sangre de la tierra y del verde del bronce viejo, aquella estirpe, temor de todos, para que de su presencia, junto al túmulo sagrado de tus abuelos, hagan no frágil por siempre la memoria de pétrea superficie incólume, que nadie que pase pueda ya dormir tranquilo, ¡ Oh tú que todo lo ves y lo haces ¡ , invoca a los dioses propicios y obliga al destino a cumplirse.
Buscabas el fin del mundo, aquellas columnas inmensas que perdían el cielo, consagradas, el agua del mar azul y verde y gris y marrón y opal, sin perder de vista las costas con sus altares, siempre con el fuego de las ofrendas.
… Fui llamado, yo Citreo, hijo de Arestes, de la isla de Naxos, …fui honrado. Me encontraron sediento en la playa, sin la negra nave, sin mis compañeros, pasto de sirenas voluptuosas, tormenta del tiempo que los dioses no propicios azotan con la adversidad. Ni mis manos buscaron el sol, ni mi ánima la presencia más que de los hados del otro lado del río final en que se olvida todo y uno retorna vencedor del gripho y busca esa séptima cortina y asciende sin esfuerzo al último cielo, junto a los padres del mundo, contemplado, muy amado de ellos, mirando sin envidia abajo el mundo sin reservas, aquellos que, aún en él, conservan terribles la sangre de sus venas.
Hube encontrado el camino y llegado pronto a ciudades, a lugares que no eran el final del viaje, y la sierpe me agarró pronto y dormí en el sueño de los justos y llegando a la morada de los príncipes, salvado del veneno, contemplé las ciudades aquellas separadas por el sagrado lago, Alba y Alcor, grandes planicies que con el viento agitan un mar irreal, el lino suave que engaña la vista, aquel barro desconocido que al fuego de negro torna en blanco del marfil más puro y bruñido,… y mis dedos y mis brazos y mi alma buscaron la verdad de las cosas: el torno que gira y sacude la vida de las vasijas, el leve barro que endurece con el vapor del sol y hace nacer las figuras, los animales, los guerreros que luchan sobre sus superficies inmaculadas, que tornan presencias reales, ¡ Oh Ulises magnífico ¡ que mis padres retrataron en mil pebeteros y cráteras que a los confines del mundo llegaron caramente decorados de los mágicos óxidos, y el rojo de la arcilla aquella y el blanco de plomo.
Hoy, tardíamente encuentro aquel destino que todo viajero teme, ese definitivo puerto en el que las barcas mecen el sueño terrible de la noche. Pero aquí al fin encuentro la ciudad mítica, aquella que, a penas a las puertas del fin del mundo, guarda los secretos del poder y aquí soy presentado a Ridelcos, temido entre todos, príncipe Túrdulo de finas facciones de mujer, labios de carne insuflados, ojos de espiga almendrados, suave barbilla partida y tranzadas greñas ordenadas que en la batalla sobresalen del casco y se confunden con la esfinge alada de la cimera, dándole vida, rotando en terrible faz su gesto de indómito, sus cuernos de marfil en fiero toro de muerte. O el descanso y la potestad de su figura hierática cuando contempla desde su trono la ciudad partida, y son sus dientes y su lengua y su falcata y su escudo y sus grebas de fino bronce las que refulgen al divino sol.
… ¡ Oh dios de los hombres de esta tierra ¡ , gran señor cruelísimo, sin piedad entre los tuyos, cortador de cabezas, permíteme que tu veste sea recordada para siempre, que por mis manos fluya tu aliento, que del barro que domino surjan las figuras que al templo griego sombra hagan.
…¡ Oh tu, Ridelcos, rey de reyes, ordena a los canteros y escultores, sabedores del secreto de las rocas, que busquen ese raro mármol blanco que no pesa, que encuentren el secreto de los bloque inmaculados, que cincelen y lijen, que pinten de la sangre de la tierra y del verde del bronce viejo, aquella estirpe, temor de todos, para que de su presencia, junto al túmulo sagrado de tus abuelos, hagan no frágil por siempre la memoria de pétrea superficie incólume, que nadie que pase pueda ya dormir tranquilo, ¡ Oh tú que todo lo ves y lo haces ¡ , invoca a los dioses propicios y obliga al destino a cumplirse.
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