jueves, 16 de octubre de 2008

CANTO IV


CANTO IV

Y fue así como, oído a Citreo, dueño de la vida del barro, yo Ridelcos, Dios de Ipolka, dominador de los bastetanos, rey de reyes y príncipe del sol, temeroso de la luna, conté en innumerables ocasos, mientras el sol buscaba el fin y el fulgor incediaba a veces el horizonte, entre los salmos del coro de sacerdotisas ciegas y en presencia del caro a la postre Gotelcos, la historia del linaje aquel sepultado allá en el próximo túmulo, que como el sol otea en todos los horizontes, aquel túmulo, blanco en una tierra negra, aquel por el cual cada noche se sacrificaba una víctima y luego consumidas sus entrañas en el fuego de la pira de los justos.

…¡ Oh tu, Gotelcos ¡ , sacerdote sumo que a mí negaste descender de aquellos, indagador del pasado, que por tu piedad temible el túmulo fue abierto, de noche, con sombras, corría la sangre de los novillos, sin brillo, y aquel duro hueso que anunciaste y en caja de madera llevaste hasta mí, postrado, quieto, que ante tu ira conocida insuflaste el veneno a sacerdotes y vírgenes, a guerreros y sabios contra mi carne, hasta conseguir que los pocos que me quedaron fieles fueran aniquilados ante mis ojos, que mis rayos consoladores te arrasen de la faz del cosmos que debe limpiar su éter de vestes como la tuya.

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