CARTA DE MARCO PORCIO MINUCIO A CAYO TULIO
SIENDO CONSULES C. VIBIUS Y A. HIRTIUS.
43 B. C. AUC 711
Marco a su Cayo: ¡ Salud ¡
Yo, Marco, hijo de Marco Porcio Minucia, de la tribu Galeria, por esta ciudad de Obulco magistrado, togado, como mi padre, queridísimo de aquel, Cayo Julio César, ¡ Oh temibles Idus de Mayo ¡ que en mi casa hubo dormido, fuera de su tienda de Cónsul, aquella noche solemne, en que al día venidero las legiones borraron para siempre la sombra de Pompeyo, ¡ Oh cruel batalla de Munda ¡ … por donde los siglos pasarán indemnes sin contemplarte, Obulco Urb Victrix Nobilis, sus ojos, cómo brillaron reflejando las hogueras, aquella lucerna por el atrio entre las gruesas columnas dóricas, buscando el viento de la Obulco dormida, a través del valle, frente a los montes Alba y Alcor, desde los que el brillo fatuo de los preparativos de la guerra, el olor al aceite, al vino sagrado de las libaciones; las entrañas calientes de las víctimas sobre la piedra de las ofrendas, aquel remanso de paz en movimiento, ¡ Oh cuerpos retorcidos y tensos ¡, frente a la oscuridad, ¡ Oh Silvano ¡ que nos das el grano que guardamos profundo, por tu mano comen las legiones que abastecemos, mueves los pequeños molinos de mano que los soldados hambrientos ante la muerte inminente convierten en hacina, fieros en la batalla, pero niños asustados aquella obscura, eterna noche, ¡ Oh Venus que no estás a veces, sobre nuestras cabezas…, qué vencidos nos dejas ya antes de la batalla…
Yo, Marco, Ciudadano de Roma, por la gracia del César, ¡ Oh Justo Dictador Vitalicio, Cónsul, Pontífice Máximo ¡, investido de los poderes de Los Tribunos, Imperator. Claman por ti las aún frescas treinta y cinco puñaladas en el Senado, horrible Bruto, hijo estéril…, envío a ti, Cayo Tulio Cesariano, la transcripción de unos plomos que de las profundas fauces de la cisterna sacó mi liberto Urcail. En ellos con dificultad y de manera fragmentaria he hallado la narración, en propia y varias voces, de la historia del príncipe ibero Ridelcos. He buscado descendientes de aquel gran príncipe, noticias de un conjunto de piedras talladas, destruidas por la insidia del sacerdote Gotelcos. Más sólo hube encontrado silencio y miradas sin respuestas, y miedo. Sabedores estos turduli de Ipolca, que callan con resentimiento, el lugar exacto donde fueron enterradas, para que aquel acto infame se guarde en secreto, damnatio memoriae, de los hechos pasados.
Por esto esta trascripción te la mando ¡ Oh amigo del alma Cayo Tulio ¡ a Roma, para salvar lejanamente aquella memoria de la estulticia de quienes, sabedores del secreto terrible para ellos y su descendencia, han arrancado de mis manos estos plomos, con violentas increpaciones, mandados por el sagacísimo y cruel Plubius Cornelius, Magistrado Electo, y fundidos en lingotes para pesas de telar.
Gracias a mi premura en pasarlos al rollo y la ayuda de mi querido Urcail, con la rapidez oscura de las noches en que el enemigo de la sensatez no se atreve a atacar, optamos por mandarte esta historia bella y terrible, y así aliviar la temida duda que sobre nuestras cabezas ha recaído, al poseer durante varias semanas estos venenosos plomos.
¡ Que estés bien ¡
SIENDO CONSULES C. VIBIUS Y A. HIRTIUS.
43 B. C. AUC 711
Marco a su Cayo: ¡ Salud ¡
Yo, Marco, hijo de Marco Porcio Minucia, de la tribu Galeria, por esta ciudad de Obulco magistrado, togado, como mi padre, queridísimo de aquel, Cayo Julio César, ¡ Oh temibles Idus de Mayo ¡ que en mi casa hubo dormido, fuera de su tienda de Cónsul, aquella noche solemne, en que al día venidero las legiones borraron para siempre la sombra de Pompeyo, ¡ Oh cruel batalla de Munda ¡ … por donde los siglos pasarán indemnes sin contemplarte, Obulco Urb Victrix Nobilis, sus ojos, cómo brillaron reflejando las hogueras, aquella lucerna por el atrio entre las gruesas columnas dóricas, buscando el viento de la Obulco dormida, a través del valle, frente a los montes Alba y Alcor, desde los que el brillo fatuo de los preparativos de la guerra, el olor al aceite, al vino sagrado de las libaciones; las entrañas calientes de las víctimas sobre la piedra de las ofrendas, aquel remanso de paz en movimiento, ¡ Oh cuerpos retorcidos y tensos ¡, frente a la oscuridad, ¡ Oh Silvano ¡ que nos das el grano que guardamos profundo, por tu mano comen las legiones que abastecemos, mueves los pequeños molinos de mano que los soldados hambrientos ante la muerte inminente convierten en hacina, fieros en la batalla, pero niños asustados aquella obscura, eterna noche, ¡ Oh Venus que no estás a veces, sobre nuestras cabezas…, qué vencidos nos dejas ya antes de la batalla…
Yo, Marco, Ciudadano de Roma, por la gracia del César, ¡ Oh Justo Dictador Vitalicio, Cónsul, Pontífice Máximo ¡, investido de los poderes de Los Tribunos, Imperator. Claman por ti las aún frescas treinta y cinco puñaladas en el Senado, horrible Bruto, hijo estéril…, envío a ti, Cayo Tulio Cesariano, la transcripción de unos plomos que de las profundas fauces de la cisterna sacó mi liberto Urcail. En ellos con dificultad y de manera fragmentaria he hallado la narración, en propia y varias voces, de la historia del príncipe ibero Ridelcos. He buscado descendientes de aquel gran príncipe, noticias de un conjunto de piedras talladas, destruidas por la insidia del sacerdote Gotelcos. Más sólo hube encontrado silencio y miradas sin respuestas, y miedo. Sabedores estos turduli de Ipolca, que callan con resentimiento, el lugar exacto donde fueron enterradas, para que aquel acto infame se guarde en secreto, damnatio memoriae, de los hechos pasados.
Por esto esta trascripción te la mando ¡ Oh amigo del alma Cayo Tulio ¡ a Roma, para salvar lejanamente aquella memoria de la estulticia de quienes, sabedores del secreto terrible para ellos y su descendencia, han arrancado de mis manos estos plomos, con violentas increpaciones, mandados por el sagacísimo y cruel Plubius Cornelius, Magistrado Electo, y fundidos en lingotes para pesas de telar.
Gracias a mi premura en pasarlos al rollo y la ayuda de mi querido Urcail, con la rapidez oscura de las noches en que el enemigo de la sensatez no se atreve a atacar, optamos por mandarte esta historia bella y terrible, y así aliviar la temida duda que sobre nuestras cabezas ha recaído, al poseer durante varias semanas estos venenosos plomos.
¡ Que estés bien ¡
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