PROLOGO.
Mucho antes que los libros; incluso mucho antes que las palabras, hasta es posible que mucho antes que la vida, las piedras han sido portadoras de noticias: sublimes magistrados de los acontecimientos, naturales o humanos. E incluso, cuando ya no seamos nada, cuando todo se nos lleve de estas tierras, cuando las esperanzas evaporen sus últimos sudores, cuando a penas respirar súbito desadentre la nada, las piedras milagreras seguirán aquí, orgullosas, bellas, arquitectónicas: alas sin vuelo que pueden volar para seguir hablando de la historia que dejamos, como cinceladores divinos o mágicos o poéticos, en los lomos maternales, sabios y salvadores de las milenarias piedras que nos escucharon con el más atento de los sentidos.
Las piedras siempre han sido objeto de culto, para salvarlas o para destruirlas. Las piedras siempre han sido amigas o enemigas, según fueran dadas sus circunstancias históricas. Hay pueblos que perdieron la vida por sus piedras, y pueblos que se salvaron por otras piedras idénticas. En el fondo, los humanos siempre hemos sido un mucho del “hombre de piedra” con un poquito de razonamientos, sublimes o macabros.
A la sombra de esta majestuosa realidad de la Pirámide de Quéops, tan lejana de la ibera llamada porcunense, las piedras de aquí y de allá se hermanan y sienten con la misma verdad, la misma autoridad y la misma historia: cada cual en sus bellezas, en sus signos y en sus razas.
La piedra es la primaria religión, la primaria historia, la primaria huella dactilar de los que hicieron posible este don de vida al que nos aferramos con fuerza de piedra, razón de palabra y levedad de ala.
No hay historiadores más verdaderos, más historiados que los solemnes instrumentos con que, arquitectos sin arquitectura, ingenieros sin ingeniería, escultores sin diploma, pintores que miles de años antes ya anunciaban la maravilla del impresionismo y a Van Gogh con su arcoíris inmundo y sublime y a Picasso con su rotunda negación del aspecto, y poetas sin más pluma que un cincel de redondeadas rimas, ordenaron en ese ayer de incógnitas superioridades el transcurrir poderoso y ágil de todas las civilizaciones, conocidas o etéreas. Porque las piedras hablan con rumor de manos, realidad de pisadas y vuelo o soñar de poeta.
Luis Emilio Vallejo, que es ibero y poeta del desgarro –cada verso suyo es un grito aunque súplica parezca, se va en la nostalgia, que es como perder la cabeza, perder el rumbo o perder la vida, y se adentra, cazados de liebres, miles de años atrás, sin más tierra que la que se busca ni más hechos que los que se reclaman, para hacer recordar a las iberas piedras sus lenguajes olvidados, mas, Luis Emilio se nos va como maestro de canto que hace bailar a las palabras un minué de salón renacentista, antes de adentrarse en historia de caminos, guerras crueles y necesarias, sacrificios inmundos y salvadores y silencios, porque siempre habrá silencios, en el arte, en la historia y en la vida.
Cada cual añora la tierra en que le tocó nacer, y a Luis Emilio como a mí nos gusta renacer en las piedras de nuestra tierra: esas cosas primarias y atemporales por las que los ojos contemplativos y maravillados indagan el qué, el por qué y el cómo de la vida. Esas preguntas inexplicadas y, por suerte, inexplicables.
No es fácil resucitar a una diosa que sólo nos dejó su rostro o sus hechuras sin que se nos pierda el sentido de la realidad. Luis Emilio se adentra, salvador o salvado, en las iberas piedras majestuosas que fundaron Porcuna con clamor de hijo que indaga la verdad del pasado para contárnosla a los que a penas sabemos contar pequeños recuerdos, anécdotas de calle y acera o rumor de voz o de canto que se nos quedó grabada.
No es fácil resucitar a un guerrero, que, más que luchar posa-aguerrido y fotogénico, marcial y bello, para un retrato de César Cruz o una pincelada de José María Recuerda. Luis Emilio hace bella la guerra, que fuera un arte y ahora es muerte, y hace necesarios los sacrificios del guerrero.
No es fácil resucitar lo que las piedras sólo saben, o pueden o deben hablar a los oídos atentos de los privilegiados escuchadores. Luis Emilio, que es Cuasimodo poético, sin joroba ni deficientes apariencias que mora, fantasma de hermosas palabras, encerrado en las paredes del Torreón y que oye y escucha, con sol o luna, con viento o agua, esas cosas que hablan, cuando el silencio es alma, lo que dicen de sí las esculpidas piedras: las palabras sin dueño, los hechos sin castigos.
No hay mejor oidor que el que ya va predispuesto a escuchar las palabras que necesita para componer o recomponer la historia, instaurar el milenario verso y desgarrar el silencio de las sombras para hacer posible el reencuentro con lo que nos dejaron nuestros nobles guerreros y poéticos y trabajadores legendarios antepasados: esas míticas y místicas siluetas noblemente trabajadas, prodigiosamente diseñadas, esmeradamente verdaderas que nos sitúan en la situación del que sabe en qué huellas posa sus pies y su presencia.
Y Luis Emilio escucha y anota, y con la calma, poetiza –que también es su oficio- las maravillas que hablan las piedras, cuando se las ama.
Si no hay más verdades que las que se muestran a los ojos. Si es sólo lo tangible el verdadero edén impronunciable, las esculturas del ibero Porcuna son las adorables páginas que nos alumbraron hasta hoy.
Voy de escultura en escultura con las bellísimas y sentidas palabras de Luis Emilio poeta, recorriendo esos rostros con alma de antepasado y sintiendo ese versar de poeta atrevido como Homero, veraz como evangelio, que me designa las cosas que mis ojos principiantes o negados no adivinan sino con rítmicas vaguedades.
Toro Ibérico con líneas de espumas, rendido en rodillas para el circo o para el sacrificio, o en rociero buey que rinde su cabeza.
El Guerrero posando, antes de la batalla o después de la victoria, pues no es guerrero vencido quien así posa su orgullo.
El Gran Sacerdote ofreciente en auroras y sangres de matanza, en pose privilegiada y elegante.
La verdad cruel y gozosa del Muchacho Masturbándose –posiblemente una de las esculturas más bellas jamás hecha, porque nos habla de otra verdad: esa verdad que no cuentan los historiadores, ni los poetas, milenarios cantores de barcas y mares: la simple verdad de las cosas sencillas, esas, a las que nadie le presta atención.
La Grifomaquia con su no sé qué de magia y realidades obscenas, o fantasías deslumbradoras.
Un guerrero con caballo y enemigo abatido, sin más crueldad que la justa para seguir tirando.
Sacerdotisa con Serpiente, tan ya, jugando con animal noble de tan nefastas paradojas y tan simples averías.
Una escena de campo trasladable a cualquier tiempo. El Cazador con sus liebres y su perro de agua y su canto de lar y puchero. Qué hermosa verdad la de las cosas naturales.
Los pugilistas, en guerra o en torneo. Más en torneo que en guerra. Luchando quizá por el amor de una hembra; si en guerra, por el honor de una tierra, un arroyo y un puente.
Novillo Toro, con Mansura de buey.
Grifo con mito y poesía.
Luis Emilio nos lo trae a todos con atrevimiento de arqueólogo y con palabras que saben versar la verdad que le dicen las piedras.
Celebremos estos Cantos por lo que se merecen. Celebremos estos Cantos porque se merecen ser cantados, sentidos y tenidos.
Luis Emilio borda el sentimiento poético-desgarrador aunque dulce parezca, en cada escultura que interroga. Las palabras que utiliza el poeta son palabras antiguas, pronunciadas con antiguas pronunciaciones antiguos símbolos, y antiguas escuchas.
La poesía que Luis Emilio pone en estos Cantos ya era palabra que los que le hemos leído bastante, sabíamos que tenía y brota la palabra en estos XXI poemas con esa cosa bella y cruel, entre Homero y Rimbaud, entre Neruda y Villon o Baudelaire, que nos permite, a los que gustamos y gozamos de leer poesía, seguir gozando y gustando con poemas como estos, hechos desde la belleza y la historia, desde la crueldad y el sacrificio, desde la vida a la muerte: desde la vida a la vida.
Cierro el prólogo y cierro el canto, pero sabiendo que existen XXI Cantos hablando de nosotros, de los que nacimos entre Alcores y Salados y Olivos de inmaculados aceites sacerdotales.
Gizeh (El Cairo), a la sombra inmunda y sublime de la Pirámide de Keops, sin más horizonte que arenas de oro, a 13 de Noviembre de 2007.
Alfredo González Callado.
Mucho antes que los libros; incluso mucho antes que las palabras, hasta es posible que mucho antes que la vida, las piedras han sido portadoras de noticias: sublimes magistrados de los acontecimientos, naturales o humanos. E incluso, cuando ya no seamos nada, cuando todo se nos lleve de estas tierras, cuando las esperanzas evaporen sus últimos sudores, cuando a penas respirar súbito desadentre la nada, las piedras milagreras seguirán aquí, orgullosas, bellas, arquitectónicas: alas sin vuelo que pueden volar para seguir hablando de la historia que dejamos, como cinceladores divinos o mágicos o poéticos, en los lomos maternales, sabios y salvadores de las milenarias piedras que nos escucharon con el más atento de los sentidos.
Las piedras siempre han sido objeto de culto, para salvarlas o para destruirlas. Las piedras siempre han sido amigas o enemigas, según fueran dadas sus circunstancias históricas. Hay pueblos que perdieron la vida por sus piedras, y pueblos que se salvaron por otras piedras idénticas. En el fondo, los humanos siempre hemos sido un mucho del “hombre de piedra” con un poquito de razonamientos, sublimes o macabros.
A la sombra de esta majestuosa realidad de la Pirámide de Quéops, tan lejana de la ibera llamada porcunense, las piedras de aquí y de allá se hermanan y sienten con la misma verdad, la misma autoridad y la misma historia: cada cual en sus bellezas, en sus signos y en sus razas.
La piedra es la primaria religión, la primaria historia, la primaria huella dactilar de los que hicieron posible este don de vida al que nos aferramos con fuerza de piedra, razón de palabra y levedad de ala.
No hay historiadores más verdaderos, más historiados que los solemnes instrumentos con que, arquitectos sin arquitectura, ingenieros sin ingeniería, escultores sin diploma, pintores que miles de años antes ya anunciaban la maravilla del impresionismo y a Van Gogh con su arcoíris inmundo y sublime y a Picasso con su rotunda negación del aspecto, y poetas sin más pluma que un cincel de redondeadas rimas, ordenaron en ese ayer de incógnitas superioridades el transcurrir poderoso y ágil de todas las civilizaciones, conocidas o etéreas. Porque las piedras hablan con rumor de manos, realidad de pisadas y vuelo o soñar de poeta.
Luis Emilio Vallejo, que es ibero y poeta del desgarro –cada verso suyo es un grito aunque súplica parezca, se va en la nostalgia, que es como perder la cabeza, perder el rumbo o perder la vida, y se adentra, cazados de liebres, miles de años atrás, sin más tierra que la que se busca ni más hechos que los que se reclaman, para hacer recordar a las iberas piedras sus lenguajes olvidados, mas, Luis Emilio se nos va como maestro de canto que hace bailar a las palabras un minué de salón renacentista, antes de adentrarse en historia de caminos, guerras crueles y necesarias, sacrificios inmundos y salvadores y silencios, porque siempre habrá silencios, en el arte, en la historia y en la vida.
Cada cual añora la tierra en que le tocó nacer, y a Luis Emilio como a mí nos gusta renacer en las piedras de nuestra tierra: esas cosas primarias y atemporales por las que los ojos contemplativos y maravillados indagan el qué, el por qué y el cómo de la vida. Esas preguntas inexplicadas y, por suerte, inexplicables.
No es fácil resucitar a una diosa que sólo nos dejó su rostro o sus hechuras sin que se nos pierda el sentido de la realidad. Luis Emilio se adentra, salvador o salvado, en las iberas piedras majestuosas que fundaron Porcuna con clamor de hijo que indaga la verdad del pasado para contárnosla a los que a penas sabemos contar pequeños recuerdos, anécdotas de calle y acera o rumor de voz o de canto que se nos quedó grabada.
No es fácil resucitar a un guerrero, que, más que luchar posa-aguerrido y fotogénico, marcial y bello, para un retrato de César Cruz o una pincelada de José María Recuerda. Luis Emilio hace bella la guerra, que fuera un arte y ahora es muerte, y hace necesarios los sacrificios del guerrero.
No es fácil resucitar lo que las piedras sólo saben, o pueden o deben hablar a los oídos atentos de los privilegiados escuchadores. Luis Emilio, que es Cuasimodo poético, sin joroba ni deficientes apariencias que mora, fantasma de hermosas palabras, encerrado en las paredes del Torreón y que oye y escucha, con sol o luna, con viento o agua, esas cosas que hablan, cuando el silencio es alma, lo que dicen de sí las esculpidas piedras: las palabras sin dueño, los hechos sin castigos.
No hay mejor oidor que el que ya va predispuesto a escuchar las palabras que necesita para componer o recomponer la historia, instaurar el milenario verso y desgarrar el silencio de las sombras para hacer posible el reencuentro con lo que nos dejaron nuestros nobles guerreros y poéticos y trabajadores legendarios antepasados: esas míticas y místicas siluetas noblemente trabajadas, prodigiosamente diseñadas, esmeradamente verdaderas que nos sitúan en la situación del que sabe en qué huellas posa sus pies y su presencia.
Y Luis Emilio escucha y anota, y con la calma, poetiza –que también es su oficio- las maravillas que hablan las piedras, cuando se las ama.
Si no hay más verdades que las que se muestran a los ojos. Si es sólo lo tangible el verdadero edén impronunciable, las esculturas del ibero Porcuna son las adorables páginas que nos alumbraron hasta hoy.
Voy de escultura en escultura con las bellísimas y sentidas palabras de Luis Emilio poeta, recorriendo esos rostros con alma de antepasado y sintiendo ese versar de poeta atrevido como Homero, veraz como evangelio, que me designa las cosas que mis ojos principiantes o negados no adivinan sino con rítmicas vaguedades.
Toro Ibérico con líneas de espumas, rendido en rodillas para el circo o para el sacrificio, o en rociero buey que rinde su cabeza.
El Guerrero posando, antes de la batalla o después de la victoria, pues no es guerrero vencido quien así posa su orgullo.
El Gran Sacerdote ofreciente en auroras y sangres de matanza, en pose privilegiada y elegante.
La verdad cruel y gozosa del Muchacho Masturbándose –posiblemente una de las esculturas más bellas jamás hecha, porque nos habla de otra verdad: esa verdad que no cuentan los historiadores, ni los poetas, milenarios cantores de barcas y mares: la simple verdad de las cosas sencillas, esas, a las que nadie le presta atención.
La Grifomaquia con su no sé qué de magia y realidades obscenas, o fantasías deslumbradoras.
Un guerrero con caballo y enemigo abatido, sin más crueldad que la justa para seguir tirando.
Sacerdotisa con Serpiente, tan ya, jugando con animal noble de tan nefastas paradojas y tan simples averías.
Una escena de campo trasladable a cualquier tiempo. El Cazador con sus liebres y su perro de agua y su canto de lar y puchero. Qué hermosa verdad la de las cosas naturales.
Los pugilistas, en guerra o en torneo. Más en torneo que en guerra. Luchando quizá por el amor de una hembra; si en guerra, por el honor de una tierra, un arroyo y un puente.
Novillo Toro, con Mansura de buey.
Grifo con mito y poesía.
Luis Emilio nos lo trae a todos con atrevimiento de arqueólogo y con palabras que saben versar la verdad que le dicen las piedras.
Celebremos estos Cantos por lo que se merecen. Celebremos estos Cantos porque se merecen ser cantados, sentidos y tenidos.
Luis Emilio borda el sentimiento poético-desgarrador aunque dulce parezca, en cada escultura que interroga. Las palabras que utiliza el poeta son palabras antiguas, pronunciadas con antiguas pronunciaciones antiguos símbolos, y antiguas escuchas.
La poesía que Luis Emilio pone en estos Cantos ya era palabra que los que le hemos leído bastante, sabíamos que tenía y brota la palabra en estos XXI poemas con esa cosa bella y cruel, entre Homero y Rimbaud, entre Neruda y Villon o Baudelaire, que nos permite, a los que gustamos y gozamos de leer poesía, seguir gozando y gustando con poemas como estos, hechos desde la belleza y la historia, desde la crueldad y el sacrificio, desde la vida a la muerte: desde la vida a la vida.
Cierro el prólogo y cierro el canto, pero sabiendo que existen XXI Cantos hablando de nosotros, de los que nacimos entre Alcores y Salados y Olivos de inmaculados aceites sacerdotales.
Gizeh (El Cairo), a la sombra inmunda y sublime de la Pirámide de Keops, sin más horizonte que arenas de oro, a 13 de Noviembre de 2007.
Alfredo González Callado.
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